martes 17 de noviembre de 2009

Ante las vagas promesas, soluciones urgentes


Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis. Otro niño más ha muerto en el mundo por desnutrición. Cuando escribo esto la medianoche amenaza con volver. El término del día arroja una cifra todavía más agobiante: a lo largo de estas 24 horas habrán muerto un total de 72.000 personas en el mundo por esa misma razón: la falta de alimentos. Carencia que no es tal, o que, al menos no debería serlo. Basta con una visita a cualquier supermercado para darnos cuenta. Un vistazo por el recorrido de los alimentos, desde que se recogen hasta que se desechan. O, simplemente, un paseo por el territorio forestal: decenas de frutos se quedan en los árboles porque “no resulta rentables recogerlos”. De entre los que tienen el privilegio de ser recolectados, un gran porcentaje es retirado por no encontrar su sitio en el mercado.

Mercado, rentabilidad, desecho. Tres términos muy unidos, entrelazados en la cadena de desesperación que supone el sistema capitalista para un tercio del planeta. Ese tercio corresponde a un grupo de personas que son tratadas por el resto como desechos de los que se puede prescindir fácilmente. Son la escoria, los parias, aquellos que no encontrarán nunca cabida en el planeta, porque alguien ha decidido que así sea. Ellos tienen que existir para que el primer mundo exista. Para que los banqueros reciban sus ayudas ante la crisis, como bien ha resaltado Lula, son necesarias esas 72.000 muertes diarias. Lo más prescindible son, sin embargo, cumbres como la de la FAO, que comenzó ayer en Roma con promesas vagas y notables ausencias. Ni Zapatero ni Obama estaban en la mesa. Éste último se encontraba más ocupado negociando con China sus intereses económicos de crecimiento continuado.

El crecimiento. Esa lacra necesaria en la economía de mercado, causante de los “daños colaterales”, medioambientales y humanos. Algunos de esos hambrientos famélicos deciden huir de su país y tratar de retornar al primer mundo. Si les dejan pasar, se agrupan en guetos, donde siguen siendo lo mismo: parias olvidados, residuos humanos de la modernidad que más valiera que no hubieran nacido. Si no logran franquear las enormes alambradas de nuestro bienestar, son retornados o encuentran por fin su merecido final: la muerte en el mar o en las costas. Y con esa vergüenza pueden vivir los grandes líderes del mundo, esos políticos cargados de promesas y vacíos de sentido. Una vez más, pueden los intereses. Y el interés primordial de las grandes potencias no pasa por aumentar su ayuda al desarrollo (anclada en ese vergonzoso 0,7) o destinar algo de dinero para esas 1.020 millones de euros que, según la FAO, pasan hambre en el mundo. El interés no es decrecer, que sería la única alternativa factible para hacer retroceder la pobreza y el deterioro del medioambiente.

Mientras Occidente se desentiende del hambre en el mundo y apuesta por las ayudas a las entidades financieras y a las grandes empresas –que fomentan el deterioro de los países pobres con la descentralización de su producción-, nuevos residuos humanos se abocan sin remedio al cubo de los desperdicios. Los 20.000 millones de euros que prometió el G-8 no están ni mucho menos garantizados, Italia ha reducido su ayuda en un 50% y la indigencia aumenta día tras días, incluso en los países ricos. No es posible transmitir esperanzas mientras el sistema capitalista siga vigente. Hay que ser realistas, pedir lo imposible. Y no podemos pedir lo imposible mientras sean los gobiernos del primer mundo los que decidan sobre todo el planeta. No puede ser Obama el que influya en la política de los países pobres. Tenemos que ser nosotros, los ciudadanos, los que ayudemos a derrocar el sistema de desigualdades e injusticias, perpetuado durante siglos.

martes 10 de noviembre de 2009

Los otros muros


Esta semana, el mundo entero ha estado de celebración. El motivo: el vigésimo aniversario de la caída del muro que separaba la sociedad capitalista de la soviética, establecido en Berlín, y derrumbado tal día como ayer, 9 de noviembre de 1989. Una vez derrumbada la barrera arquitectónica, desde los mass media se quiso transmitir la percepción de que una nueva etapa de la historia terminaba. Fukuyama, un aséptico investigador pagado por el gobierno, anunció entonces el fin e las ideologías, y se quedó tan campante. Nos quisieron vender la moto, y muchos se la compraron. Y se quedaron empeñados con el negocio. La pretensión era clara: eliminar toda sombra de oposición al discurso institucionalizado del capitalismo como salvador. Había ganado una guerra eterna y, como reza el dicho, son los ganadores los que escriben la historia. El primer capítulo rezaba esa conclusión: el comunismo ha muerto.

Hoy, el libro se ha completado un poco más y, en cada aniversario se añaden nuevos bulos para magnificar la historia. Y no nos engañemos, todos los amantes de la libertad queríamos que cayera el muro, que se derribaran las fronteras. Una forma de perversión de las ideas marxistas había terminado, por fin. Creyeron en vano, sin embargo, que los países del este iniciarían un camino hacia la luz, sin límites. Cuánto se equivocaban. Desde entonces, las guerras han azotado a un territorio maltratado y olvidado por todos desde el principio de los tiempos. Rusia agoniza, con una sociedad donde gobierna el crimen organizado y la coacción de la libertad de expresión. Yugoslavia, Kosovo, Serbia y un largo etcétera todavía tratan de sobrevivir a unas guerras sangrientas que dejaron atrás miles de muertos y familias descompuestas. En la otra parte, en occidente, poco ha cambiado también. Estados Unidos sigue siendo considerada como la gran potencia –a través de ese repulsivo paternalismo que nos caracteriza-. Muerta la URSS, centró desde la caída del muro su combate contra un nuevo enemigo, para realzar su condición de dios de las naciones: el terrorismo, al que patrocinó primero para luego justificar sus ataques.

Todos hemos sido testigos de la avalancha informativa con motivo de esta celebración. Una típica actitud de los medios de comunicación de masas para desplazar de su agenda settingotros temas mucho más importantes que una sencilla efeméride, alrededor del mundo. Mientras Angela Merkel y compañía hacían el paripé mediático en Berlín, muchos otros muros, decenas, siguen alzados ante la pasividad institucional. Muchos de ellos, resultan irreconocibles para la mayoría de personas. Las barreras están ahí, a veces son más grandes que el propio muro de Berlín, pero el silencio es contundente y conjunto si nos limitamos a contemplar las noticias de los medios convencionales.

Es necesario saber, sin embargo, que mientras se malgasta tinta con una celebración efímera, decenas de inmigrantes mueren cuando tratan de cruzar las barreras que se alzan en Ceuta y Melilla, trazando una frontera mucho más cruel que la que separaba los dos mundos de la guerra fría: la frontera que marca la riqueza o la pobreza. Ese mismo propósito trata de separar México y Estados Unidos: el hambre de Latinoamérica con la prosperidad hipócrita norteamericana. El de Cisjordania, por otra parte, es fruto de una kafkiana historia de xenofobia y mal uso de los Estados: la historia de cómo un país (Israel) surge de la nada y se limita a marcar fronteras con Palestina. Una separación vergonzosa que marca las relaciones entre ambos países, el miedo y el odio hacia los que son diferentes, por el simple hecho de profesar una religión distinta. En el Sáhara ocurre algo parecido: Marruecos deniega su autodeterminación al compás de la represión continua y la condena al olvido perpetuo. En Río de Janeiro, vergonzosa ciudad que acogerá los futuros juegos, una muralla enorme separa igualmente a los ricos de los pobres. Las inconmensurables fortunas de los que más tienen, con sus chalés de lujo de las favelas gobernadas por narcotraficantes despiadados. Por último (aunque hay más), también hay un muro construido por la Unión Europea (esa que tanto se vanagloria de la conquista de libertades y democracias) en Polonia, en su frontera oriental, para cerrar el paso de los ucranianos.

Todos esos muros son en realidad la representación física de una gran barrera mental que nos impide avanzar como seres humanas: es la frontera que separa la solidaridad del egoísmo, la tolerancia del racismo… El muro que marca el capitalismo y que expulsa de él todo aquello que no le conviene, sigue en pie. Mientras él exista, las divisiones desiguales entre personas continuarán vigentes.

martes 3 de noviembre de 2009

¡Prohibido prohibir!


La multa se ha puesto de moda. No es que antes no se cometieran infracciones o no hubiera policías dispuestos a alegrarnos el día. Pero lo cierto es que cada vez se ponen más sanciones en nuestras calles. Las malas lenguas asegurar que, en épocas de crisis –como la actual- esa cantidad aumenta todavía más de lo previsto. ¿Mecanismo recaudatorio? ¿Dónde? Y no me refiero únicamente a las sanciones que se emiten en las carreteras, sino sobre todo a la modalidad que se ha puesto más de moda: la oleada de multas en la vía pública.

Dicen que las calles son de todos. Pero mienten. Si te aburres y, por una de aquellas, se te ocurre bajar y ponerte a tocar el acordeón en la acera, para distraer a otros con tu música, te pueden llegar a caer 700 euros de multa. En los últimos meses, esta variedad de infracción, la cometida por personas que escogen la música en la calle como forma de vida, ha producido, sobre todo en Valencia, infinidad de casos multados. Urgente parece la necesidad –propuesta por el PSPV y que se encuentra en funcionamiento en ciudades como Barcelona- de crear zonas alternativas donde los músicos y otros artistas puedan ejercer sin necesidad de abocarse a la ruina por ello.

Pero aquí la verdadera cuestión es otra. ¿Cuál? La libertad. Es lo que nos atañe, la verdadera razón de ser de la raza humana, que parece en un auténtico retroceso por otro elemento que parece ser justificación para coartarla: la seguridad. Hoy en día, muchos y muchas están dispuestos a renunciar a cualquier cosa –vendiendo el alma al diablo si se hace preciso- por obtener un poco de seguridad. Es curioso como en una sociedad tan segura como la nuestra –si la comparamos con otras regiones del planeta- el miedo sea un componente fundamental asociado a la cultura. ¿De qué tenemos miedo, si la mayoría de nuestros días transcurren sin ningún sobresalto y las situaciones en las que estemos en peligro brillarán por su ausencia durante toda nuestra vida? ¿No será este un miedo creado por los mismos que nos venden la moto de que es necesaria más seguridad? Vemos continuamente, en los telediarios, todo tipo de crímenes e ignominias, ¿será por eso?

La alarma cunde, el pánico aprieta, necesitamos tanta seguridad que nunca es bastante. Instalados en una comodidad que termina por ahogar, no tenemos límites en nuestra saciedad. Si hay que restringir libertades, se restringen. De eso van las nueva “Ordenanzas de policía y buen gobierno” que, como una oleada, la mayoría de municipios está aprobando sin cuestionar ni un solo punto. Este documento –cuyo título más bien parece sacado de algún reglamento franquista- supone el traslado de la legislación opresora que se efectuaba en las grandes ciudades. Tocar en la calle, por ejemplo, tampoco será posible en un pueblo. Actos como pintar fachadas, colocar carteles o repartir octavillas en la vía pública son considerados actos graves cuya multa sobrepasa los 300 euros –curioso, encontrándonos en la época en la que más publicidad anida impunemente en todos los lugares públicos-. Incluso la acción de “hablar a voces” es motivo de sanción. ¿Adonde iremos a parar? ¿Acaso son igualmente aplicables las leyes de las ciudades a los pueblos de 2.000 habitantes?

La vida en un pueblo está marcada por los gritos en las calles, la música en las calles, las cajas de fruta en las aceras (algo que también queda prohibido con la nueva normativa) y otras acciones tan de pueblo que les dan a nuestras localidades ese aroma de ser lugares de convivencia, naturales, no de ordenes impuestos donde al final no podremos ni respirar. Lo que hacen, además, estas ordenanzas, es limitar la convivencia –aunque parezca antitético-. En caso de conflictos, antes eran los vecinos los que, en pequeños corrillos, debatían sobre la solución de los conflictos. Ahora la humanidad se pierde, en detrimento de un auge autoritario de los poderes policiales, que tienen ahora más potestad que nunca. Es lo fácil, llamar a papá-Estado para que nos resuelva la papeleta. Así vamos, menguando nuestra autonomía por momentos, para convertirnos en tristes vegetales que sólo servirán para trabajar y ver la televisión.

martes 27 de octubre de 2009

La debacle de la industria cultural


Con la liberación de las masas oprimidas que ya preconizó Ortega y Gasset en su día, se abrió un mundo de posibilidades para el capitalismo, donde la cultura, convertida en mercancía, podía ser comprada y vendida a cambio de sustanciosos beneficios para editoriales y discográficas variadas. Nació así la denominada industria cultural, un término que puede semejar antagónico a primera vista, pero que ha generado importantes cantidades de dinero y artistas más o menos frustrados y continuistas en los top de este país. Hubo una época de auténtico boom en la que todo funcionaba: los libros se vendían, los discos más aún y las películas se veían en los cines. Productores, editores y discográficas se frotaban las manos y llenaban sus bolsillos con la creatividad de otros.

Sin embargo, llegó un invento que terminaría convirtiéndose en un auténtico lastre para la industria cultural: internet. La masa comenzó a descargarse los discos, las películas e incluso los textos de sus autores favoritos. Con un solo clic podían acceder a ellos sin tener que prescindir de las altas cantidades de dinero a las que habían comenzado a ascender las obras culturales. Sobre todo, el público adolescente (del que más se nutre este tipo de industria), carente del dinero que la precariedad laboral no puede suministrarle (sueldos bajos, dificultad de conseguir trabajo a largo plazo, estudios, etc.), comenzó a bajárselo todo –literalmente- de la red. Precisamente la generación que creció con la creencia de que lo podía tener todo, se topó con que eso realmente es así en Internet. El fluido de canciones y películas satura los servidores y, pese a que el consumo es hoy más grande que nunca, la asistencia a las salas y la venta de discos sigue cayendo en picado.

Ante tal descenso de beneficios, las discográficas han comenzado a ahogar a los autores con tasas irrisorias, maltratos psicológicos y robo de la propiedad intelectual de sus obras. Al mismo tiempo, las editoriales se aprietan el cinturón y, además de hacer lo propio con los escritores de mayor renombre, han cerrado el mercado a cal y canto a las nuevas promesas. Y lo mismo en el cine: la carencia de audiencia va en paralelo a la carencia de ideas y de buenas producciones. El resultado: un estrangulamiento aún mayor del mercado cultural, todavía más prostituido por aquellos a quienes poco les importan los beneficios intelectuales de la cultura. ¿Cuántos grupos valencianos pueden darse a conocer hoy en día, tan escasas como andan las subvenciones?

Pero hay más. Ante la crisis, algunas editoriales están poniendo en práctica métodos fraudulentos para engañar a los escritores noveles, ansiosos de ver sus obras impresas. Me contaba un amigo el otro día que, tras acabar su novela, mandó un manuscrito a cierta editorial que, al cabo de pocos días, le sorprendió anunciándole que estaban dispuestos a publicar su obra. Tal fue su entusiasmo que, en el momento, fue incapaz de pensar racionalmente y extrañarse por la rapidez de la editorial y su respuesta afirmativa. Sin embargo, pronto le llegó un correo electrónico con el contrato que, en letra pequeña, estipulaba las condiciones: mi amigo, como autor, debía pagar 5.000 euros para que la obra se publicara y los beneficios los obtendría si vendía 200 ejemplares él mismo. Así es como se trata a los autores hoy en día, menospreciando su esfuerzo y aprovechándose de sus ilusiones.

Ante tal debacle estructural, los verdaderos artistas han optado por independizarse de sus discográficas o casas editoriales. La decisión de abandonar el sistema es difícil, entraña riesgos, pero hoy por hoy resulta la única vía factible para poder efectuar tu trabajo en base a tus verdaderas convicciones. Conscientes los grupos de que sus beneficios reales se hallan en los conciertos, optan por regalar sus grabaciones o, simplemente, colgarlas en la red. Así, cualquiera puede tener un grupo, grabar en un estudio sus canciones y distribuirlas a un precio módico, donde no hay intermediarios de por medio. Realmente, la cultura para las masas se está convirtiendo en cultura hecha por las masas, lo cual es bueno, porque aumenta la participación y la lucidez global.

Las ansias incontroladas de las discográficas por chupar la sangre de los artistas a su servicio les ha llevado a una situación que prevé una más que segura desaparición del mercado en pocos años. Se lo tienen merecido. Decenas de escritores están haciendo lo mismo en Internet, a través de páginas como Lulú o Bubok, donde pueden autoproducirse sus obras. El esfuerzo es mucho mayor, pero puede verse recompensado con la idea de que se está actuando de manera autónoma y fiel, con el sudor de su propia frente. Es así como la autogestión se está convirtiendo, poco a poco, en la forma más eficaz para poder sobrevivir haciendo lo que a uno le gusta. Algo que, tratándose de la cultura, es además un camino útil para la autorrealización personal.

martes 20 de octubre de 2009

Estado policial


Una vez más, los ciudadanos y ciudadanas de las comarcas de La Costera y La Canal de Navarrés utilizaron el único recurso democrático para protestar contra la instalación de un macrovertedero en un diminuto pueblecito de la primera de las comarcas mentadas. Y digo único porque en esta democracia indirecta, nuestros supuestos representanes, los políticos, nos han abandonado en un tema tan candente en la opinión pública como éste, utilizando el voto de tantos para venderse al mejor postor y sacar el beneficio de llevarse la mierda –con perdón- a otra parte. Pues bien, miles de personas asistieron a tamaño acto de fuerza protagonizado por vecinas y vecinos de clase media, separados por los lindes municipales e incluso por diversidades ideológicas, pero unidos, al fin y al cabo, por una misma causa: la reconsideración de que Llanera se convierta en el basurero de la zona.

Sin embargo, pese a la normalidad pacífica que reinó entre los congregantes durante toda la manifestación, las fuerzas de seguridad se encargaron de amañar un poco más los cauces democráticos de la ciudadanía para luchas contra las injusticias. Si les digo que un policía de la secreta; es decir, vestido de paisano, hizo su aparición estelar al retener a unos jóvenes por el simple hecho de realizar una pintada en un muro de una casa abandonada, ciertamente parecerá que algún bribón con ansias de poder ha vuelto a instaurar una dictadura en el Estado español. Pero no. También es muy extraño en un país democrático el hecho de que sean las mismas fuerzas de seguridad, bajo órdenes sumisas de las políticas, las que marquen el camino por donde debe transcurrir la manifestación, palmo a palmo.

Y ese camino fue ciertamente y, para ser sinceros, deplorable. En lugar de transcurrir por las calles principales del municipio –donde, curiosamente, vive el alcalde, el mismo que dio el visto bueno a la adopción del enorme vertedero-, la marcha fue obligada a hacerlo por caminos empedrados y por zonas sin iluminación ni viviendas a la vista. Así todos ganan: los manifestantes se creen que su voz se escucha y el poder político puede respirar tranquilo porque la manifestación está controlada. La situación fue verdaderamente lamentable: jóvenes, algunos de los pocos que luchan por disminuir las injusticias sociales en nuestras comarcas, llamados a identificarse ante los infiltrados. La reacción popular fue justa, clara, de abominación contra los actos de la guardia civil. Un cuerpo que fue cobarde: ya nadie se atrevió a retener a más manifestantes mientras se gritaba en su contra.

El Sistema actual demanda un orden tan grande para contener la amenaza continua explosión que la libertad de expresión acaba difuminándose entre las paredes del Estado de Derecho. En una sociedad ligeramente desordenada, lo que hace un individuo a penas se hace notar. En una sociedad con un orden tan severo como la nuestra, la oveja negra sufre de persecución, porque no sigue al rebaño. Los perros guardianes, al servicio de los gobernantes, están, además, aliados con el imperio mediático y comunicativo. Sorprendentemente, muchos fueron los medios que ni siquiera se hicieron eco de la noticia, a pesar de que no todos los días se producen manifestaciones tan multitudinarias en las localidades de las comarcas centrales del País Valenciano. Quizás no sea algo funcional a sus intereses, que no son otros que contribuir al mantenimiento de la estructura endémica del sistema; es decir, al orden.

miércoles 14 de octubre de 2009

Y el mundo se volvió loco, loco, loco


En El mundo está loco, loco, loco el genial Stanley Kramer retrataba la esencia de la sociedad con una serie de situaciones cómicas y realistas en las que queda patente lo irrisorio de la condición humana. Es cierto, todos albergamos a un loco en nuestro interior, pero, sin lugar a dudas, en los últimos tiempos se están dando situaciones –quizás provocadas por la crisis capitalista que aún nos hace cometer más locuras- que servirían de argumento perfecto para otra película de Kramer. Para facilitarle el trabajo, haremos una especie de diversas propuestas que motivarían el hilo conductor, o que incluso podrían alternarse durante la trama.

En primer lugar, el protagonista de la cinta podría ser, por ejemplo, Evo Morales. Como todas las historias que propondré, es el típico perdedor al que le pasan cosas graciosas. Eterno candidato al premio Nobel de la Paz por su lucha en defensa de los derechos de los indígenas latinoamericanos, verá como año tras año, se lo arrebatan. Hacia el final de la cinta, llegará un tal Obama al poder en Estados Unidos (sic) y recibirá el Nobel de la Paz. Acto seguido, Morales, abatido, se suicida ofreciéndose a los matones de las grandes empresas y a los espías internacionales, que llevan tiempo pugnando por su cabeza. La reflexión del espectador en este punto debería ir en sentido de preguntarse: ¿y por qué no le han dado el premio al pobre de Evo? ¿O a Piedad Córdoba, mujer clave en la liberación de rehenes de las FARC, en Colombia, por ejemplo? ¿Por qué el Nobel se sustenta en promesas y no acciones y es otorgado al presidente de la potencia que más potencial armamentístico ostenta de la comunidad internacional? En fin, y cosas así.

En una versión a la española, el protagonista podría ser el pijo de Ricardo Costa. La película se centraría en la lucha de un hombre contra todo por conservar su cargo de poder, los relojes caros y otros favores sexuales varios. Y es que el bueno de Ric se ha negado a dimitir. Como las garrapatas, le han tenido que despegar de su cargo a base de mano dura. Y mira que a la dirección nacional del PP le ha costado. El más bueno aún de Camps tampoco quería cesarlo, en un acto de cobardía política injustificable. ¿Por qué será? ¿Quizás tema que la ley del efecto dominó se imponga en su partido y en su provincia? En este caso, sin embargo, lo más cómico de la cinta sería ver como el electorado valenciano sigue empecinado, a pesar de todos los escándalos de corrupción, los Bigotes, los pijos, las empresas estafadoras y los Don Vito’s que pululan por nuestro territorio, en votar al Partido Popular. En este caso, la moraleja sería clara: la democracia en Valencia no funciona. Quizá sea un defecto mental, pero lo cierto es que, cuando la corrupción se perpetua en el poder, hay que hacer algo más que votar cada cuatro años. ¿Realmente funciona la democracia como mejora de la voluntad social?

La última propuesta estaría más destinada al público joven. Su protagonista podría ser una de las hijas góticas de Zapatero que, desencantada con una sociedad que se ríe de ella por ir a una cumbre en la ONU vestida libremente, decide darse a la bebida para sustraerse de un mundo que no va con ella. En una de esas, se vería envuelta en un disturbio frente a la Policía, como el que hubo en Pozuelo hace un mes o así. Ella estaría en primera línea, lanzando botellas de cristal a los antidisturbios y acabaría en comisaría tras incendiar un cuartel de la Guardia Civil. Esta cinta sería más independiente, relataría la comicidad que se esconde detrás del hecho de que ahora, en vez de protestas sindicales por la bajada de salarios, la violencia provenga de una juventud acomodada y pija, pero alcoholizada.

El Sistema ha terminado por fabricar engendros que bien podrían semejar su propia autodestrucción. Los nuevos anarquistas ven Física o Química, compran en Zara y entre sus temas más importantes de conversación se hallan el fútbol, las chicas y las depilaciones, en ese orden. La contundencia visual de las imágenes que esta película mostraría serviría también para mandar un mensaje a las fuerzas policiales y represivas: “Si véis que la gente está bebiendo a gusto, ahí, que son fiestas en el pueblo y es normal que se arme jaleo… No hagáis nada, que al final algo terminará ardiendo”. Ahora la juventud no se rebela contra la guerra de Afganistán, el caso Gürtel o los asentamientos judíos, sino contra el hecho de que no les dejen pegarse la fiesta. En fin, que “la botella de whisky, ni tocarla” (sic).

miércoles 7 de octubre de 2009

Estado de sitio en Llanera


Hace unos días me acerqué por Llanera junto a unos amigos con el objetivo de ofrecer a sus vecinos la información que las autoridades les niegan sobre las posibles consecuencias del macrovertedero que albergará con toda probabilidad. La mayoría de sus habitantes las recibía con gesto de agradecimiento, al mismo tiempo que reconocía esa carencia de conocimiento del futuro proyecto. Otros advertían de la temeridad que suponía repartir los folletos en cuestión. En todo el municipio, tan sólo en una casa se opusieron a recibir los pasquines. Y sus inquilinos eran, verdaderamente, el ejemplo perfecto de la mala educación. Aceptaban el hecho de ser partidarios del megabasurero por el hecho de recibir el dinero que Llanera se lleva a cambio, sin importarles que otros muchos pueblos estén también perjudicados y no vean ni un duro. Unas opiniones que parecen coincidir a la perfección con las de su alcalde.

Tampoco parecía ser un inconveniente para ellos razonar con nosotros mientras masticaban con la boca lo más abierta posible el bocadillo de tortilla, o con gritos de menosprecio. Una actitud chulesca que les llevó a la conclusión de que lo que pensaban era cierto “porque lo digo yo”. El sí por que sí es algo muy propio de la gente que se encierra en sí misma, negándose a recibir información para justificar sus propias afirmaciones. Cuando la conversación degeneró en una apología del franquismo por parte de los tres hombres y una mujer en cuestión, decidimos que era momento de abandonarlos a su suerte. “Cuando Franco había más seguridad” creo que fue la última frase que escuchamos, después de que un compañero les dijera que su abuelo había muerto fusilado y uno de ellos le respondiera: “algo habría hecho”.

Pues algo habrá hecho alguien para que exista un movimiento cívico tan grande como el que existe en oposición al macrovertedero. Basta un recorrido rápido por la zona afectada por el mismo para comprobar como balcón sí, balcón no, hay banderas que así lo atestiguan. En la calle principal de Anna, por ejemplo, a penas hay viviendas que no denuncien la situación, algo que es totalmente impensable para otros temas sobre los que la opinión pública suele estar mucho más dividida. Motor de canalización de esa oposición son también las múltiples manifestaciones que se han ido sucediendo en los últimos meses, pese al continuo pasotismo institucional y mediático (bendito será el día en que la televisión pública valenciana aparezca en alguna).

El festival del sábado pasado fue otra muestra de esa subversión existente en nuestras comarcas. Pequeños pueblos que quieren dejar de ser el cuarto trastero y reivindican su capacidad de decisión, contraria a veces a lo que deciden los mandamases de las grandes ciudades en sus enormes despachos presidenciales, a pesar del miedo que se trata de imponer desde arriba, patentado, por ejemplo, con la sanción impuesta a una vecina de Rotglà por el simple hecho de manifestarse contra el abocador.

Volviendo a Llanera, que muchos creemos que sigue siendo una piedra angular en el progreso del movimiento cívico, sus vecinos deben dejar el silencio impuesto desde el ayuntamiento, olvidar el miedo y reunir una asamblea informativa que tenga un calado significativo entre su población. Se comenta que muchos vecinos creen poder perder el empleo y algunas amistades o familiares si se oponen a la construcción del vertedero. A ellos hay que decirles que, en ese caso, prefieren el dinero a la injusticia que recae sobre muchos. Los vecinos deben asociarse si quieren tener una influencia verdadera sobre el poder, que ha decidido prescindir de ellos. Si están unidos y demandan un referéndum, una vuelta de tuerca al proceso podría ser posible. De lo contrario, su alcalde haría honor a la ideología sospechosa que le delata por mantener una plaza llamada “del Caudillo”. Una vergüenza que hace cuadrar todas las piezas del eterno rompecabezas.